Antropofagia de papel

Por: Omar Sáade

 

Las cafeterías son desde hace varias décadas los sitios predilectos de los periodistas para convivir. Es un hábito redituable en muchos sentidos: se comparte información, se ejercitan las neuronas y sobre todo, se nutre el espíritu de clase, el sentido de solidaridad…

Sin embargo, se trata de una solidaridad fragmentada, dispersa…y hasta antagónica.

En Ciudad Victoria, el sitio más frecuentado por los comunicólogos pertenecientes a medios modestos es El Cantón, quienes incursionan de vez en cuando al Vip’s.

Y al Martin´s y a La Tía acuden los monstruos sagrados, llamados así por laborar en las tribunas mejor posicionadas.

Todos ellos comparten una misma pasión: el periodismo. Pero…el protagonismo, el ego los divide.

Congregarse en sitios distintos conduce al elitismo gremial y este a su vez propicia el divisionismo.

Este no es un fenómeno nuevo ni se circunscribe a la Capital.

En la década de los setenta el Café Pasaje, en Matamoros, era el predilecto de los diaristas. Ahí también se observaba el elitismo, pero no tan drástico: los consagrados se sentaban en una mesa a la que no tenían acceso los de medio pelo.

Juntos, pero no revueltos.

Jorge Rodríguez, Alberto Guerra y yo trabajábamos en La Opinión, que era después de El Bravo, el periódico más importante. Tal posición bastaría para tener el privilegio de arrimarnos a la mesa de las estrellas. Sólo que nos inhibía el hecho de que profesionalmente aún no reuníamos el prestigio suficiente.

Desde nuestra mesa observábamos a los gigantes: Natividad Alemán, Mario Díaz, David López del Cid, Gonzalo Martínez Silva…

Más de una vez me tentó la idea de sentarme a su mesa, pero temía al rechazo. No de palabra, sino de actitud: “¿Y este pobre diablo que hace aquí…?”

Decidí aplazar mis ansias de novillero: “Algún día tendré el perfil…”

En fin, mi automarginación viene a cuento con lo que ocurre aquí, pues los colegas de El Cantón no acuden al sitio frecuentado por los gigantes. Incluso se irritan cuando a su santuario acude una de las estrellas:

“Como anda de capa caída, ahora sí se digna visitarnos. ¿Por qué antes, no…?”

En tal postura creo adivinar mallugaduras en la autoestima. Podría transformarse en algo positivo, como decir: “Bienvenido, compañero. Esta es tu casa…el refugio de los marginados…””

Pero los enconos afloran, se impone el egoísmo, la envidia y otros ingredientes que acuchillan el concepto de solidaridad gremial para dar vida a un engendro:

“Perro sí come perro…”

Esto es lo peor que nos puede pasar en estos momentos…

Algunos compañeritos que se dicen analistas no perciben lo que ocurre: se está aplicando aquello de Divide y Vencerás. Nos espiamos entre sí, nos descalificamos y en todo este relajo los únicos beneficiados son los hombres del poder…

Desde Palacio de Gobierno envían antenas a los sitios frecuentados por los diaristas. Escuchan y transmiten toda manifestación de inconformidad. La infidencia se subsidia con prodigalidad…

Las nuevas reglas se están aplicando sistemática y brutalmente.

Derrumbaron a los que estaban “arriba”, a las plumas consentidas de sexenios anteriores,  y a los que estaban “abajo” –varios de ellos de bajo perfil profesional- se les está encumbrando…

A los editores modestos los tratan como si fueran pordioseros…

Les atrasan los pagos y los orillan a suplicar, casi de rodillas, que les arrojen un mendrugo de pan…

Ya están sentenciados: gradualmente les suprimirán los recursos. Es la crónica de una muerte anunciada…

Ya lo está filtrando el que manda: -Se irán cerrando todos los “veneros”…

Editores y columnistas que no son líderes de opinión, están condenados a la inanición.

A varios ya les cerraron la llave principal: el convenio estatal. Sigue luego el cierre de las llaves menores –veneros- como son las jefaturas de prensa de  dependencias estatales, así como de los Ayuntamientos, PRI, Congreso, UAT, etcétera…

Para salvarse de la guillotina, algunos colegas se están prestando al juego del canibalismo, al esquirolaje. El fratricidio gremial en plena ebullición…

Se respira en el ambiente. Es tenso. Desconfían unos de otros.

¿Quiénes son orejas? ¿Cuáles son de fiar?

Ante una taza de café, los más prudentes optan por cerrar el pico. En boca cerrada no entran moscas…

Esta lucha por la sobrevivencia está acusando ya sus primeros efectos: la antropofagia periodística. Es la lucha de todos contra todos…

Lo que está ocurriendo en la familia periodística victorense parece la saga de la película Los sobrevivientes de los Andes…

(Este texto se publicó hace 13 años y ya visualizaba lo que está ocurriendo)

 

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