LOS ASESINOS DE ZAPATA VIVEN Y SIGUEN DOMINANDO

Por: Armando Martínez Verdugo

Cien años han pasado del asesinato de nuestro general Emiliano Zapata, jefe del Ejército Libertador del Sur y dirigente fundamental de la gesta revolucionaria popular de 1910. Zapata es uno de los combatientes claros en sus propósitos de lucha, más genuinamente populares y más representativos de la firme convicción de no claudicar ante nada, incluso cuando en ello va la vida.

El asesinato de Zapata constituye uno de los ACTOS FUNDACIONALES más sobresalientes del priismo como cultura de dominio, de explotación y de opresión y, mejor aún, de toda la forma de concebir la lucha por hacerse del Poder y mantenerlo no sólo de una fracción de la burguesía mexicana sino del conjunto de esta clase explotadora y opresora. Por eso Madero, el falso “apóstol de la democracia” (o no más que apóstol de la democracia liberal-burguesa) transó desde Estados Unidos con el Porfiriato, acordando poner fin a la lucha, hacer que todos los revolucionarios depusieran las armas y mantener al régimen sólo con algunos nuevos nombres al frente; y por ello, naturalmente, Madero mandó matar a Zapata arrasando con las comunidades que le apoyaban. Lo mismo hizo el Porfiriato con los Flores Magón, o el Carrancismo con Villa y hasta con Madero, el Obregonismo con luchadores sociales y hasta con Carranza, el Callismo con dirigentes comunistas y agraristas y hasta con Obregón, el priismo-panismo con miles de luchadores y hasta con su propio candidato Colosio y el Secretario General de su partido. A sangre y fuego, y con caramelitos que huelen a pólvora.

La burguesía mexicana en su forma de dominar y de gobernar, toma nuevos aires, se oxigena y renace en y con ese asesinato; y sigue viviendo así: usando al pueblo y matándolo cuando éste deja de serle útil y se hace peligroso. 

Es de la mayor importancia entender que este renacimiento magnicida producto de liquidar al jefe suriano no sólo se da en el maderismo-carrancismo-obregonismo-callismo, sino de igual manera en el priismo-panismo-perredismo-empresarios mexicanos-intelectuales orgánicos del Poder del capital-comunicadores venales-oficialidad reaccionaria del Ejército-alta jerarquía de derecha de la Iglesia. Todos ellos son los asesinos.

Nuestra historia, la historia de los pobres, de las mujeres y los varones del trabajo, de la cultura, de la ciencia, del arte, de la producción de la vida en todas sus facetas, de las llamadas “minorías marginadas”, debe condenarlos. No sólo moral sino políticamente. No puede haber perdón y olvido ante este asesinato. Su castigo es obligado e inevitable. Consiste, básicamente, en la eliminación completa de su Poder, de su dominio.

¿Cómo hacerlo, cómo realizar ese veredicto histórico? Primero, recogiendo la bandera de Zapata, recuperando, en la confrontación con todos sus victimarios, su ideología y su ética de lucha, sin concesiones, sin tregua alguna, sin permitirse acuerdos y alianzas con ninguno de los integrantes de esa burguesía. Sólo un sector burgués (material y/o ideológico) puede HOY (a cien años de su muerte y después de la “Cuarta Transformación”, que no es más que otra revolución pequeña –como lo fueron las tres anteriores–) permitirse alianzas con otros sectores burgueses hermanos.

Después de la “Cuarta Transformación”, ningún sector del pueblo que resiste y lucha por su verdadera, radical e irreversible liberación debe permitirse acuerdos y alianzas con ningún sector burgués. Se acabaron los tiempos de las revoluciones burguesas; las cuatro que han sucedido en el país no han pasado de ser revoluciones pequeñas en las que el pueblo ha sido usado como carne de cañón y los ganadores han sido y vuelto a ser sectores específicos de la burguesía mexicana, de esta burguesía mediocre, timorata, corta en sus iniciativas, que practica la “justa medianía” cuando se trata de acabar con el enemigo hermano de clase contra el cual enfrentó e hizo la revolución, y sobre todo ante las necesidades del pueblo; una burguesía que empieza anunciando que dará a luz un león y acaba pariendo un ratón; o mucho ruido y pocas nueces para el pueblo que puso sangre y vida en esas transformaciones.

En segundo lugar, el castigo, o sea, el verdadero tributo a Zapata y a su movimiento (no el que declara a estos meses el “año de Zapata” y manda imprimir cuentas de vidrio para repartirlas en el “homenaje”), debe consistir en seguir, fortalecer y perfeccionar la resistencia y la lucha contra el nuevo orden burgués que se establece, para construir las condiciones de la verdadera y auténtica QUINTA TRANSFORMACIÓN, la revolución proletario-popular. 

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